En la lejanía oí el respirar ajetreado de una mujer, dulce y apasionado, agudo y delicioso. Me sedujo desde el principio. La imaginé entregada, lasciva, con oleadas elegante, sutiles y enamorada, viva, ardiente y feliz. Su voz era dulce, su sollozo elegante, tierno y sincero, parecía verterse en el infinito. Tan solo tres hermosos suspiros, tres exhalaciones inolvidables, armoniosas y hermosas, igual que ella. Y en esos tres suspiros supe que era yo por quien suspiraba, y me sentí invencible.
-Al marcharte enciende las estrellas-