Al principio escribía relatos algo líricos. A veces, lo que salía era suficiente. Después escribía durante meses, con una idea en mente. Cuando, feliz, imprimí el borrador y lo leí entero, algo se apagó. Los textos, juntos, me parecieron insulsos. Me hice un ovillo. Literalmente. Rodaba por la casa entre lana y pelusa hasta que decidí aislarme unos días en la casa de campo. Allí todo es lo contrario a donde vivo. Hay tranquilidad. Oscuridad de noche, sin luces artificiales ni ruidos: ni coches, ni motos, ni guaguas, ni una verbena con DJ durante ocho horas un martes cualquiera. La oscuridad me entraba por los ojos y yo permanecía despierta, mirándola. Por la mañana, el canto de los pájaros regulaba mi sistema nervioso. Cuando ellos descansaban, me enrollaba bajo las mantas, agarrada al manuscrito. Había pasado meses escribiendo y ahora, sobre el papel, algo no funcionaba. Pensaba en todo ello sentada en el columpio de un árbol. Mi perro iba tras una pelota. Las flores se balanceaban al...
Pequeño fragmento visual inspirado en la lectura. Un libro que parece una fábula, pero no lo es. Detrás de los animales y las consignas, está la herida del poder, la ingenuidad que se rompe y el miedo que termina mandando. No hay moraleja, solo un espejo. Y a veces mirar ese espejo duele más que entenderlo.