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Invierno en borrador

Al principio escribía relatos algo líricos. A veces, lo que salía era suficiente.

Después escribía durante meses, con una idea en mente. Cuando, feliz, imprimí el borrador y lo leí entero, algo se apagó. Los textos, juntos, me parecieron insulsos.

Me hice un ovillo. Literalmente.

Rodaba por la casa entre lana y pelusa hasta que decidí aislarme unos días en la casa de campo.

Allí todo es lo contrario a donde vivo.

Hay tranquilidad. Oscuridad de noche, sin luces artificiales ni ruidos:

ni coches, ni motos, ni guaguas, ni una verbena con DJ durante ocho horas un martes cualquiera.

La oscuridad me entraba por los ojos y yo permanecía despierta, mirándola.

Por la mañana, el canto de los pájaros regulaba mi sistema nervioso. Cuando ellos descansaban, me enrollaba bajo las mantas, agarrada al manuscrito.

Había pasado meses escribiendo y ahora, sobre el papel, algo no funcionaba.

Pensaba en todo ello sentada en el columpio de un árbol. Mi perro iba tras una pelota. Las flores se balanceaban algo incómodas, con la brisa de noviembre, un otoño ya cansado. El manuscrito permanecía quieto, como el invierno que empezaba a asomar.




Hay lugares que quizá no visite, pero…

Tengo 43 años, y pronto cumpliré 44. A veces pienso en los lugares que hubiera querido conocer, en los paisajes que imaginé caminar, en los rincones del mundo que me habrían emocionado. Y también me doy cuenta de que quizás no los visite. Por muchas razones. Porque la vida se ha vuelto compleja, y a veces frágil. Porque sostener lo cotidiano ya es en sí una travesía inmensa.

Me duele y  me avergüenza contarlo. Pero lo cierto es que también he construido un hogar. He acompañado vidas. He sostenido vínculos. Y aunque mis pies no hayan pisado ciertos suelos, una parte de mí sí puede hacerlo. Tal vez un día, cuando ya no esté, sea mi hija quien los recorra, si ella quiere. Y yo estaré en ella. Porque también soy los gestos que dejo, las palabras que cuido, la memoria que siembro.

No sé si estaré físicamente en todos los lugares que soñé, pero sé que algo de mí los alcanzará. Porque formo parte de otros. Porque lo simbólico también viaja. Porque los sueños, a veces, florecen en otros cuerpos. Y eso también puede que sea una forma de llegar.



El peso de lo invisible

Hay un mundo allá afuera,
un precioso cielo que se extiende sin fin,
Un profundo océano del revés
donde las olas no se alzan,
sino que caen, pesadas.
Un horizonte que se estira,
amplio, inmenso, sin bordes.

Afuera el mar está ahogando aceras y amaneceres, los pasos no se me mantienen,
el afán por aferrarme al suelo pesa sobre mi ser,
igual que una sombra densa y muda,
Los brazos se agarrotan,
como si el agua los retuviera,
Los hombros se descuelgan,
cansados de sostener un cielo que nunca cae.
Atrapada en mi propio laberinto, dibujo puertas a lápiz sobre duras y gruesas paredes de hormigón.

En mi pecho, un silencio roto,
donde el miedo se enreda
y nunca se va.

Afuera, de nuevo las calles resuenan vacías y frías,
Ríos caudalosos y fanganosos,
donde me ahogo sin control.

¿Y si no encuentro la manera de volver?
¿Y si el mundo se deshace mientras estoy allí? 

Las miradas son flechas,
cada ruido, un trueno mortal.
El aire se siente distante,
cada paso, un abismo sin fin, invertido, en donde podría caer hasta cualquier extremo del planeta, que gira incesante.
Con mis manos agrietadas deslizándome por un gigantesco bloque de hielo,liso, temiendo la inevitable caída de la mismísima Tierra.

Disipándome. 
Desvaneciéndome entre sombras de horror.

Ay, pero la libertad aunque esquiva, a veces, puede ser acariciada y atesorada. Alzarme por encima de todo, ligera y liviana, mientras viva.