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Hay lugares que quizá no visite, pero…

Tengo 43 años, y pronto cumpliré 44. A veces pienso en los lugares que hubiera querido conocer, en los paisajes que imaginé caminar, en los rincones del mundo que me habrían emocionado. Y también me doy cuenta de que quizás no los visite. Por muchas razones. Porque la vida se ha vuelto compleja, y a veces frágil. Porque sostener lo cotidiano ya es en sí una travesía inmensa. Me duele y  me avergüenza contarlo. Pero lo cierto es que también he construido un hogar. He acompañado vidas. He sostenido vínculos. Y aunque mis pies no hayan pisado ciertos suelos, una parte de mí sí puede hacerlo. Tal vez un día, cuando ya no esté, sea mi hija quien los recorra, si ella quiere. Y yo estaré en ella. Porque también soy los gestos que dejo, las palabras que cuido, la memoria que siembro. No sé si estaré físicamente en todos los lugares que soñé, pero sé que algo de mí los alcanzará. Porque formo parte de otros. Porque lo simbólico también viaja. Porque los sueños, a veces, florecen en otros ...

"La soledad del que va en autobús"

En un autobús, uno puede sentir una desconexión de su entorno,  personas inmersas  en sus pensamientos, distraídas con sus teléfonos o enfocadas en llegar a su destino.  Para algunos, el tiempo en un autobús es una oportunidad para meditar, leer o contemplar la vida sin interrupciones. Para otros, puede ser una sensación de aislamiento, como si el bullicio del mundo exterior no pudiera penetrar su espacio personal. En este espacio colectivo, podemos sentirnos más solitarios que nunca, una soledad en medio de la multitud. Suele ocurrir que algún pasajero solidiario se dedique, por ejemplo,  a ver su  telenovela preferida en su móvil, sin auriculares. Debido al ruido ambiental del propio colectivo es posible que aumente el volumen, ya que anda algo duro de oído. Es espectacular y reconfortante para todos, claro. María de los Dolores acaba de salir de su estado de AMNESIA y descubre que su tía no es su tía, es su perro con la cirugía estética. La señora se pon...

El peso de lo invisible

Hay un mundo allá afuera, un precioso cielo que se extiende sin fin, Un profundo océano del revés donde las olas no se alzan, sino que caen, pesadas. Un horizonte que se estira, amplio, inmenso, sin bordes. Afuera el mar está ahogando aceras y amaneceres, los pasos no se me mantienen, el afán por aferrarme al suelo pesa sobre mi ser, igual que una sombra densa y muda, Los brazos se agarrotan, como si el agua los retuviera, Los hombros se descuelgan, cansados de sostener un cielo que nunca cae. Atrapada en mi propio laberinto, dibujo puertas a lápiz sobre duras y gruesas paredes de hormigón. En mi pecho, un silencio roto, donde el miedo se enreda y nunca se va. Afuera, de nuevo las calles resuenan vacías y frías, Ríos caudalosos y fanganosos, donde me ahogo sin control. ¿Y si no encuentro la manera de volver? ¿Y si el mundo se deshace mientras estoy allí?  Las miradas son flechas, cada ruido, un trueno mortal. El aire se siente distante, cada paso, un abismo sin fin, invertido, en d...