Se miró al espejo y estaba congelada. No de un susto, literalmente. Y no en un momento en que uno aun es joven y parece que hasta lo podría agradecer, porque hasta las arrugas marcaban pequeñas grietas en el hielo. No podía mover los ojos, sus grandes ojos cansados y azules petrificados. Tampoco podía tragar, y el resto del cuerpo era igual, inmóvil. El frío era tan intenso, la cabeza, el cuello, el pecho, los muslos, los pies descalzos, tal era el dolor que ya no sentía nada. Llevaba un camisón largo muy clásico para la época, cosa tonta, si es clásico es clásico. Su larga melena plateada y ondulada parecía rota sobre aquel camisón del año de la castaña .Todo parecía roto. Si no fuera porque se veía en ese espejo que parecía ser el de su baño, pensaría que estaba muerta. No sentía su corazón, su pulso en el cuello, no respiraba. Si todo esto fuera un sueño luciría mucho más etéreo, pero no le cabía duda que era real, un dolor emocional de este calibre la haría despertar ...